Era muy tarde, o mejor dicho; muy temprano. Abrió la puerta con cuidado, maldiciendo aquel chirrido que una y mil veces se prometía a sí mismo solucionar, mas nunca permanecía en su memoria tal decisión.
La encontró acurrucada como un gato en el sofá de la salita, una polera blanca que le sobraba por todos lados, siendo notorio que no pertenecía a la mujer que la traía puesta. Los cabellos desparramados sobre el tapiz como cobre derretido sobre la nieve ocultaban su rostro de mejillas sonrosadas, la respiración pausada del sueño apacible.No se atrevió a despertarla, sin embargo supuso que le había esperado toda la noche en el mismo lugar, debía estar preocupada. Se acercó, aliviado de que la alfombra ahogara el sonido de sus pasos, y tomó en sus brazos el cuerpo femenino. Pesaba, pensó, pero al mismo tiempo le pareció bastante frágil, así que la aferró a su torso y caminó hacia el dormitorio. Su cuerpo estaba frío y cálido a la vez. Ella abrió los ojos lentamente casi en la entrada de la recámara, e instintivamente se abrazó a su cuerpo. Él besó su frente y continuó el trayecto hasta depositarla suavemente sobre la cama. Una vez más, su cabello parecía cobre sobre la nieve, esparcido sobre la blancura de la sábana.
Suspiró ella, desperezándose felina mientras su amado le observaba. Y se miraron, se encontraron en una sonrisa compartida cual marcó automáticamente el congelamiento del tiempo, la eternidad de los segundos. Se inclinó él sobre su amada y la besó, era un beso breve, pero se sentía como si ambos gritaran la declaración de su amor a los cuatro vientos.
– ¿Tienes clase ahora? –susurró, recostándose a su lado. El silencio no había sido roto, su voz se había deslizado a través de este como se introducen lentamente las manos en el agua tibia. Ella negó suavemente, acurrucándose en su pecho. Su enamorado hundió la nariz entre la mata de cabello rojizo y aspiró su dulce aroma. Luego la estrechó contra sí, como si al más mínimo descuido fueran a robársela y llevarla lejos de él, a algún lugar inalcanzable donde sólo niñas como ella pueden ser llevadas. Porque aún era una niña, y siempre lo sería.
El silencio de la madrugada les adormeció, sumiéndoles en un dulce y profundo sueño donde ambos eran príncipes de dos reinos diferentes que estaban comprometidos y la vida era dulce, dulce y tranquila, y de repente se encontraban bailando un vals que les producía un vértigo que no era tanto como vértigo y deliciosas cosquillas en el estómago, como si tuviesen mariposas revoloteando en su interior, que les hacían aferrarse el uno al otro sonriendo y riendo felices. Entonces, llegó el momento en que en el sueño se durmieron, y salió el sol que les molestó en los ojos. Despertó ella, y observó sus facciones mientras aún se hallaba dormido. El arrebol cubrió sus mejillas, y sintió deseos de besar todo su rostro una y mil veces. Se conformó con besar su frente, abrazarle y acurrucarle en su pecho como a un niño pequeño, porque él también era un niño, y siempre lo sería.
Era muy tarde, o mejor dicho; muy temprano. Abrió la puerta con cuidado, maldiciendo aquel chirrido que una y mil veces se prometía a sí mismo solucionar, mas nunca permanecía en su memoria tal decisión.
La encontró acurrucada como un gato en el sofá de la salita, una polera blanca que le sobraba por todos lados, siendo notorio que no pertenecía a la mujer que la traía puesta. Los cabellos desparramados sobre el tapiz como cobre derretido sobre la nieve ocultaban su rostro de mejillas sonrosadas, la respiración pausada del sueño apacible.No se atrevió a despertarla, sin embargo supuso que le había esperado toda la noche en el mismo lugar, debía estar preocupada. Se acercó, aliviado de que la alfombra ahogara el sonido de sus pasos, y tomó en sus brazos el cuerpo femenino. Pesaba, pensó, pero al mismo tiempo le pareció bastante frágil, así que la aferró a su torso y caminó hacia el dormitorio. Su cuerpo estaba frío y cálido a la vez. Ella abrió los ojos lentamente casi en la entrada de la recámara, e instintivamente se abrazó a su cuerpo. Él besó su frente y continuó el trayecto hasta depositarla suavemente sobre la cama. Una vez más, su cabello parecía cobre sobre la nieve, esparcido sobre la blancura de la sábana.
Suspiró ella, desperezándose felina mientras su amado le observaba. Y se miraron, se encontraron en una sonrisa compartida cual marcó automáticamente el congelamiento del tiempo, la eternidad de los segundos. Se inclinó él sobre su amada y la besó, era un beso breve, pero se sentía como si ambos gritaran la declaración de su amor a los cuatro vientos.
– ¿Tienes clase ahora? –susurró, recostándose a su lado. El silencio no había sido roto, su voz se había deslizado a través de este como se introducen lentamente las manos en el agua tibia. Ella negó suavemente, acurrucándose en su pecho. Su enamorado hundió la nariz entre la mata de cabello rojizo y aspiró su dulce aroma. Luego la estrechó contra sí, como si al más mínimo descuido fueran a robársela y llevarla lejos de él, a algún lugar inalcanzable donde sólo niñas como ella pueden ser llevadas. Porque aún era una niña, y siempre lo sería.
El silencio de la madrugada les adormeció, sumiéndoles en un dulce y profundo sueño donde ambos eran príncipes de dos reinos diferentes que estaban comprometidos y la vida era dulce, dulce y tranquila, y de repente se encontraban bailando un vals que les producía un vértigo que no era tanto como vértigo y deliciosas cosquillas en el estómago, como si tuviesen mariposas revoloteando en su interior, que les hacían aferrarse el uno al otro sonriendo y riendo felices. Entonces, llegó el momento en que en el sueño se durmieron, y salió el sol que les molestó en los ojos. Despertó ella, y observó sus facciones mientras aún se hallaba dormido. El arrebol cubrió sus mejillas, y sintió deseos de besar todo su rostro una y mil veces. Se conformó con besar su frente, abrazarle y acurrucarle en su pecho como a un niño pequeño, porque él también era un niño, y siempre lo sería.